Y llegó el terremoto tan anunciado para el norte de nuestro país. Algunos dicen que no fue el megaevento que tanto se esperaba, pero lo cierto es que los 8.2 grados Richter no dejaron indiferente a nadie. La tierra se manifestó con fuerza poniéndonos nuevamente a prueba para ver si fuimos capaces de aprender la lección de lo ocurrido el 27 de febrero de 2010.
El 27F no estuvimos a la altura. Fallaron las comunicaciones, la conectividad, las autoridades, los protocolos de emergencia y la mismísima ciudadanía. En simple, tuvimos otro transantiago. Por lo mismo, a las 20:46 horas del primero de abril tuvimos la oportunidad como sociedad de ver qué tanto aprendimos. ¡Y vaya que aprendimos!
El hecho de saber que se venía un sismo de grandes proporciones permitió preparar a las personas de manera efectiva. Planes de evacuación y simulacros semanas antes del terremoto ayudaron a planificar una eventual salida a los cerros con tranquilidad. Además, las calles estaban perfectamente señalizadas y, a pesar de una u otra falla, las sirenas de emergencia funcionaron. Eso hay que sumar los mensajes de texto de alerta que llegaban a las personas fueron óptimos, pero por sobre todo la conducta ejemplar de una ciudadanía que nunca entró pánico y que siempre colaboró con las autoridades.
Pues bien, veamos qué pasó con las autoridades. Para hacerlo hay que dejar a un lado las ventajas políticas que no conducen a nada. Lo primero que es importante recordar que para el terremoto de 2010 la calidad de la ONEMI (Oficina nacional de emergencias del ministerio del Interior) era deficiente. Cargos elegidos a dedo y cero inversión en investigación y desarrollo fueron evidentes al momento de actuar. A eso hay que sumar que no se respetaron los protocolos de emergencia, en donde todos pudimos ver a una presidenta desorientada anunciando que no había riesgo de tsunami, lo cual a todas luces fue un error. Casas saqueadas por temor de enviar a los militares a la calle, aludiendo a tiempos de dictadura que no venían al caso. En fin, todo mal. Sin embargo, el actuar de las autoridades en esta ocasión fue mucho mejor, mostrando a una presidenta más calma y segura de sí misma. El ministro del Interior, Rodrigo Peñailillo, tuvo a cargo la enorme responsabilidad de coordinar todas las acciones y lo hizo bien. Cierto, siempre puede ser mejor, pero lo hizo bien.
Por otro lado, dejar fuera de esto al ex presidente Piñera sería injusto. Recordemos que el actual gobierno es el ejecutor de los cambios que ha sufrido la ONEMI, pero la modernización de dicha oficina y la fuerte inversión en seguridad sísmica, depende en gran medida a su gestión. Es decir, el anterior gobierno puso al día al país en temas de emergencia, y el actual gobierno aplicó bien los cambios. Buscar ventajas personales no conducen a nada.
Claro, los terremotos de 2010 y éste son muy distintos, aunque la forma de actuar frente a ellos no tanto. El terremoto actual fue 14 veces menos potente que el del 27F. Además el área de fractura del actual fue de 200 kilómetros, no así el 2010, siendo de 500 kilómetros. Y a pesar de que la duración de ambos movimientos fue similar (dos minutos aproximadamente), las características destructivas de lo ocurrido la madrugada de hace cuatro años fue tremenda.
Raya para la suma como dicen los siúticos, ojalá no haya sido una casualidad y que esta forma de actuar se convierta en una regla. Debemos asumir desde ya que somos un país sísmico y comportarnos como tal. Pero viendo el vaso medio lleno y considerando que siempre se puede mejorar, Chile va por buen camino. ¡Estuvimos a la altura!
